Epílogo

Perdí, lo admito. No me acostumbro a perder y me duele. He sido despojada de toda la esperanza que alojaba en mi corazón, y he tenido que ver a fuerzas como se va destruyendo mi voluntad día tras día. He sido derrotada, de la manera más fulminante.

Para bien o para mal, he visto el oscuro y desolado final. Tanto tiempo esperando tras el umbral, atenta a cualquier manifestación de luz o vida que me aliente a cruzar, hoy me doy cuenta que esperé por un deseo hecho de aire, una fabricación más de mi ingenuidad que hoy me llena de amargura, desconsuelo y decepción. Miré el mundo con ojos cubiertos de colores, para encontrarme con un mundo monocromático y vacío. Entregué mi volátil imaginación a la libertad, para encontrarla pisoteada y violada por la intransigencia y crueldad de la realidad.

Estoy cansada de esperar, mis ojos están exhaustos de mirar siempre al mismo lugar, carentes de expresión y brillo. Desde mi refugio veo como la rutina y el reloj imperdonable se llevan lo poco que soy y lo mucho que fui, y mientras el dolor frío rueda por mi pecho, no me queda más que guardar luto por cada segundo que esperé, cada segundo que perdí.

Conmigo llevaré lo bueno, lo malo, lo intenso y lo profundo, lo triste y lo hiriente, lo trivial, lo genuino, lo real y lo fantástico. Es inútil pretender continuar sin equipaje, cuando lo que se guarda es tan esencial y valioso. Nada ni nadie me va a quitar el derecho de vivir. Nada ni nadie me va a quitar el derecho de querer. Nadie va a cambiarme. Ya no tengo nada, y ya no quiero nada.

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