Estos últimos días, mi jornada laboral se ha convertido en un desfile sin fin de áreas nuevas en las que me ha tocado incursionar, debido a la estrechez del tiempo que nos queda para presentar un gran proyecto. Así es como estos últimos días he pasado sufriendo en los zapatos de “diseñadora gráfica” o algo por el estilo, escogiendo y editando fotos para la web.

A regañadientes, por supuesto. Si bien mis nociones de comunicación son bastante buenas, las de estética y diseño apestan a basura fermentada bajo el sol de las dos de la tarde. Pero me toca hacerlo, porque nadie más lo hará, y mis habilidades con Photoshop y Paint son mejores que nada.

Entre las trivialidades y estreses de la vida, un pequeño incidente llamó mi atención de manera particular.

Para quienes no me conocen en la vida real o pseudo-real (redes sociales), trabajo en una ONG que tiene a su cargo hospitales, colegios, asilos y hospicios. Mientras buscaba imágenes en el extenso archivo fotográfico de mi oficina, encontré una foto que capturaba perfectamente el concepto de labor bondadosa que realiza una ONG en un hospicio. Se trataba de una anciana asilada, con un rostro cansado de vivir pero lleno de esperanza, con sus manos extendidas en el aire en signo de plegaria o agradecimiento, con un jardín vibrante y colorido como fondo. Apenas la vi, supe que esa foto sería la mejor que encontraría. Algo en la expresión, la humanidad mostrada en aquella señora, el equilibrio entre todos los elementos, hizo que esa foto se lleve todos mis mejores esfuerzos y elogios.

Digamos que, para ilustrar mejor el relato, la señora tenía un ligero parecido a esta que encontré por ahí:

Para mi gusto, la foto fue seleccionada. Enseguida, mis jefes empezaron a hacer las llamadas correspondientes para obtener permiso de la señora en cuestión, para poder usar la fotografía en nuestros sitios web. Al llamar al hospicio, nos enteramos que la señora había fallecido recientemente.

No sé por qué me impresionó tanto la noticia, si porque la señora lucía sana en la foto, o porque la foto me había impresionado de tal manera que hasta llegué a sentir que de alguna manera la conocía. Quizás porque me recordó mucho a mi abuela, a quien jamás podría imaginar en un lecho de muerte.  Tal vez solo me impresionó porque así es la vida, un día está y otro ya no. Pero así es y así pasa todos los días, en todas partes, siempre.

La foto se queda, espero. Ahora están tratando de contactar a los familiares de la señora para que nos autoricen a usar la imagen en nuestros sitios web. Odiaría que no se nos permita mostrar esa foto al mundo, porque en ella queda la constancia de que, al menos en sus últimos días de vida, aquella ancianita estuvo en paz.

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