Creo que he alcanzado un nuevo récord de intolerancia y no lo puedo atribuir a nada en especial. Porque pues, así soy yo de inestable y es tarde para buscarme algún arreglo.

Llegué a la conclusión de que el gran culpable de mi ostracismo social y mi renuencia a adaptarme al mundo de maners funcional es el internet, y no me refiero a los huecos apestosos de la red donde existe pornografía infantil y neonazis ni cosas por el estilo. Es el internet abierto, digamos el centro, si queremos compararlo con una urbe.

Las redes sociales.

El internet es genial. No he encontrado mejor sustituto para la educación formal desde la televisión, que el internet. Me gano la vida a punta de internets. Si se muere el internet, no me quedará más remedio que dejar de fingir normalidad y voluntariamente internarme en un sanatorio para enfermos mentales. Una de las cosas más geniales del internet es que es libre y no tiene restricciones monetarias, geográficas o sociales. Eso quiere decir que puedo bajarme todos los petabytes de música imaginables y no le tengo que pagar un solo centavo de mi sueldo duramente ganado a Apple o Amazon o a alguno de esos manes.

(Si alguno de ustedes, lectores, es de esos maricas conservadores en contra de la piratería, por favor váyase de aquí antes de que salga con mi sombrero y mi parche y le saque la chucha a machetazos.)

Sin embargo, esa misma libertad que nos permite disfrutar de todos los beneficios que el internet ofrece, es la causa de montones de problemas entre seres humanos, y esta entrada.

Seguro alguna vez han escuchado de parejas que terminan por culpa de Facebook, o de personas que estoquean a sus “enemigos” en Twitter, o alguna desgracia similar. Ya, eso pasa porque todos somos horribles. El internet tiene un fin que cumple perfectamente: permitir el libre intercambio de información entre personas, sin importar raza, sexo, condición o ubicación. Es cuando los humanos se meten cuando se jode todo.

El problema es que cada uno tiene una opinión que compartir, y desde que existe esa cosa llamada “libertad de expresión”, todos nos sentimos en todo nuestro derecho de publicar todo lo que se nos pasa por la cabeza. Me incluyo, por supuesto. De hecho, si no existiese el internet, esta entrada seguiría en mi cabeza, o sería el tema de conversación que me saque de quicio entre amigos, o algo así. No existe un solo día que no sienta la necesidad de dejar fuera todos los diablos que tengo dentro, por así decirlo. Entiéndase por diablos, estupideces.

Las redes sociales son herramientas para socializar a través de la red. Pero socializar tiene su propio significado ajeno al que dice la RAE, cuando se trata de cada ser humano. A nosotros simplemente nos dan las pautas, y en un ratito nos encargamos de hacer miércoles todo. Es así como Facebook es ahora una versión PG-13 de http://www.sugardaddyforme.com/ y Twitter es el equivalente online al show de Jerry Springer.

No quiero sonar esnobista ni presumida. Todo es diversión y risas y chistecitos hasta que a alguien le ponen los cachos y tuitea sus miserias a cada rato. Es divertido igual, hay mucha hilaridad en la vida y siempre es mejor cuando no te pasa a tí. Para eso está el internet, se supone: para compartir. Ese es el uso que le hemos dado y ya no hay vuelta atrás. Lo que pasa es que gente como yo, amargados sin remedio, encuentran en las redes sociales toda la motivación que necesitan para odiar el mundo con la furia de diez Fukushimas. O sea, sobresaturación. Overkill.

No, no este "overkill" aunque el tipo tiene la idea bastante clara.

Hoy abrí Twitter en la mañana, leí mi timeline y algo en mí explotó. Cerré de inmediato la ventana y mande todo por un tubo. No paso nada en especial, era lo mismo de siempre. El internet no existe desde el inicio de los tiempos porque simplemente, cuando el mundo se creó, no estaba en proyecto poner al descubierto toda la personalidad y los pensamientos de las personas. Es por eso que no podemos leer mentes ni saber los alcances de la maldad humana. El internet muestra los aspectos más oscuros de las personas, las cosas que a simple vista no se pueden distinguir, pero que una vez vistas no pueden olvidarse. No es que sean malos todos, es que nadie es perfecto para nadie, nunca.

El problema no es el internet, sino yo y mi poca paciencia para tolerar las pequeñas falencias de las personas. Si no me han mandado al carajo aún, debe ser porque los demás no son así. En serio, ya alguien por favor mándeme al carajo por ser tan horrible.

Mi batalla contra la gente y su estupidez no es noticia nueva. No me creo menos estúpida que el resto, simplemente odio los comportamientos colectivos de mi circulo social agrandado. Eso debe significar que por ende yo me odio, lo que encaja perfectamente con varios diagnósticos que he recibido a lo largo de mi vida, de personas de salud y estabilidad mental cuestionable (mucho más que la mía). A veces, cuando me siento optimista, me gusta pensar que tengo un poquito más de sensatez en mi diario vivir y eso me diferencia de las masas, pero ahorita ya todo es irrelevante. No me interesa si soy una más o si soy diferente por tener un sentido crítico más desvergonzado que la mayoría de personas. Ya se jodió todo.

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